Perfume
de la Memoria
Represión
Franquista
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En la escena, Víctor, el adolescente que imitaba a
Juanita Reina, camina hacia la salida, hacia la puerta de
su casa, con el maquillaje surcado por las lágrimas,
roto el vestido de encaje negro, mientras toda su familia
oculta su mirada. Un telón cae al compás del
pasodoble “Francisco Alegre” y finaliza la representación.
Finaliza la representación escénica y se inicia
el exilio del personaje, su huida, su búsqueda en el
laberinto de una España que no le ofrecía más
que una puerta de salida angosta.
Al menos Víctor pudo huir en la ficción y en
su vida real ya que así me lo contó el personaje
sobre el que centré “Perfume de mimosas”.
Huyó y regresó, años después,
para recuperar ese perfume que aún disimulaba la podredumbre
de un país que empezaba desenterrar sus cadáveres.
Obligado a alejarse de su familia, a esconder su amor, a fingir
una condición que no era la suya, a utilizar el patético
disfraz de Juanita Reina para obtener un carnet profesional
que le permitiera vivir en la Barcelona del sabañón
y el piojo verde, el hombre que dio vida a Víctor,
esperó cuarenta años a que un día, con
el que soñaba todas las noches, alguien tuviera la
fuerza suficiente como para elevarse por encima de pasodobles
y campanas y anunciara que un telón de libertad había
clausurado la sinrazón de toda una época.
Él, Víctor, no conoció la cárcel,
al menos la física de rejas y carceleros, que la España
nacionalcatólica establecía para los homosexuales
como él, considerados por el siniestro Tribunal de
Orden Público como permanentes corruptores, elementos
contrarios a la salud pública, vagos y maleantes. Pero
muchos de sus amigos sí la conocieron. Cárceles
como la de Badajoz, hoy Museo de Arte Contemporáneo,
encerraron entre sus muros a muchos como Víctor, y
sus carceleros entre los que destacan algunos sádicos
muy significados, pudieron ejercer lo mejor de su oficio contra
ellos.
Hace unos años, pude charlar unos minutos con Ernesto
Sábato en los jardines de ese Museo. Fue con motivo
de la entrega de los Premios a la Creación y en el
convite que se sirvió al final. Estaba el maestro Sábato
sentado en un rincón de esos jardines, solo, inmerso
en la nebulosa lúcida de su lúcida ceguera,
pensativo. Le comenté que en esos jardines hubo una
cárcel, y que en esa cárcel se reprimía
a los homosexuales. Estupefacto me contó que nadie
le había explicado ese hecho y me indicó: “Siempre
será igual. Tanto odio, tanta fuerza, demasiada furia
contra la libertad.”
Tanto odio, tanta fuerza, demasiada furia…para atenazar
corazones con hierros.
Hoy Víctor no está, no ha conocido la alegría
de la libertad. Su corazón atenazado por la injusticia,
por las leyes de Dios y de los hombres (sólo los hombres)
y sin nada que dejar como herencia a nadie, se detuvo no hace
mucho en una Barcelona que celebraba los juegos olímpicos.
En su memoria, en memoria de los hombres y mujeres que vieron
destrozadas sus vidas por el único hecho de querer
seguir siendo hombres y mujeres, de mostrar abiertamente su
condición de seres humanos o, lo que es lo mismo, dotados
con la capacidad de elegir y decidir su opción sexual,
alguien debe marcar para siempre en ese lugar que asombró
a Ernesto Sábato porque marcó muchas vidas de
forma brutal, el testimonio de aquellos que jamás debieron
perder ni un minuto de su libertad por ser homosexuales.
Seguramente no habrá obra de arte en ese Museo que
plasme con más intensidad la emoción de una
sociedad libre, y tampoco en sus jardines podrá brotar
flor alguna que expanda con más fuerza el perfume de
esa memoria.
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Miguel
Murillo
Dramaturgo. Director Teatro López de Ayala.
Premio FanCineGay 2003.
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